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Por Edgardo Solano

Una mirada y un repaso del concierto de casi dos horas y media que brindó el músico ante una multitud en Vélez. Este genial artista que tanto tardó en llegar y que, finalmente, vino y pagó su deuda con el público argentino.

stevie wonder.

Tardó en llegar porque no fue parte del aluvión que trajo a una multitud de músicos que recalaron en suelo argentino durante los ’90 y tampoco participó del coletazo posterior de las décadas siguientes, pero finalmente Stevie Wonder vino y agitó los corazones en un show de más de horas ante un Vélez prácticamente colmado.

Stevie, como otros músicos de su generación, no se quedan en el bronce y se arriesga a bajar a la Tierra desde el Olimpo para ratificar, una vez más, sus propios pergaminos y quizá, también, porque sigue disfrutando (o hasta necesitando) que sus fans queden con las palmas enrojecidas de aplaudirlo a rabiar al final de cada canción.

Ante la multitud que acudió a la cita en Liniers, Stevie se transformó en maestro de ceremonias y en el  animador de su propia fiesta. Juguetea con el público y le cedió el protagonismo a la multitud coree algunos tarareos que improvisó sobre la marcha, con fraseos en tonos distintos para que entonen por separado damas y caballeros,  y hasta les ofrendó que canten estrofas enteras de algunos  temas.

Stevie Ray Vaughan dijo alguna vez que su tocayo no necesita ver y el texano no exageró por el manejo de escena que demostró este veterano a pesar de su minusvalía visual. Saltó a escena colgándose en teclado y se animó a abandonar la banqueta donde se acomodó para ejecutar sus largas hileras de teclados, para breves recorridas por el escenario para enfrentar de pie a una multitud extasiada.

Como cualquier mortal a Wonder le pasan y le pesan los años, sin embargo su voz está intacta. Esto lo demuestró en la práctica cantando en el mismo tono de las viejas grabaciones originales y con clásicos sus falsetes, que suenan intactos como en sus tiempos de niño prodigio.

Tampoco sufrió daño alguno su destreza de multiintrumentista cuando se sienta frente a las teclas o sopla de su armónica mientras menea la cabeza incansablemente de un lado a otro. En esto contribuye su numerosa y ajustada banda, de la que forma parte su hija Aisha en coros.

stevie wonder.

 

En un español de baja calidad nos dijo que nos quiere y luego, ya  en su lengua natal,  reincidió con un “I love Argentina”. Todos sabemos que hace unos días también amó a Chile y también les entregará su corazón a los brasileños en las próximas horas, pero no esta nada mal escuchar y aceptar este acuerdo tácito para dejarse querer, al menos por un rato, por uno de los mejores músicos de los últimos cincuenta años.

Con figuras de este calibre, el público está ávido de las canciones que sabemos todos y Stevie cumplió con ese pedido. Con una lista de temas retro plagada en gran parte de sus clásicos de los años ’70, sonaron en Vélez “I Wish”, con una extensísima versión, “Isn`t She Lovely”, “Overjoyed”, “My cherie amour”, “Jammin” “Living for de city”, el ochentoso “I just called to say i love you”, “Higher ground”,  y “Supertition”, que quedó para bajar el telón de casi dos horas y media de concierto. También versionó a Bob Marley en “Waiting in vain” y Michael Jackson en “The Way You Make Me Feel”.

Además, convidó a salir a escena a una emocionada Fabiana Cantilo, que además fue la telonera, para entonar en forma de dueto “Love’s in need of love today” y Illia Kuriaky & the Valderramas, que cantaron “Ula ula” y una nueva versión de “Abarajame”. Dante Spinetta, mientras abrazaba la voluminosa figura de Wonder, dijo que Stevie era “Dios” y justo lo dice un músico que hijo de otra divinidad. El show volvió a tocar otro pico de emotividad con en recuerdo a Nelson Mandela con un par de banderas sudafricanas en el escenario montado en el Amalfinati.

Stevie Wonder tardó en llegar y pagó este retraso hasta con los punitorios con un show impresionante de casi dos horas y media en la que nunca se fue de escena y deja abierta la puerta para un retorno que quizá sé de.

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