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Por Edgardo Solano

El genial humorista Julio Victorio de Rissio, tal como era su verdadera identidad, falleció a los 97 años. Fue único en su especie y no se vislumbran sucesores en este arte que creó casi sin pretenderlo y para ayudar a un amigo.

Tangalanga

El Dr. Tangalanga fue el mejor repentizador argentino y la supremacía que ejerció en este arte (el que él mismo fundó) le otorgaba la genialidad de responder con una ocurrencia brillante ante la respuesta ajena y hasta le daba la posibilidad de cumplir con este ritual en vivo y frente al público. “Hace 25 años que tengo esta peluquería en Parque Patricios”, le dijo un estilista que era sometido a uno de sus llamados, y “¡Cómo progresaste!, fue el retruque instantáneo del Dr. Ejemplos como este, hay por doquier en las grabaciones de Julio Victorio de Rissio, su verdadera identidad.

Esta agilidad mental, la que mantuvo intacta hasta pasados sus 90 años, le permitió ser una suerte de justiciero telefónico para hacerles morder el polvo de la derrota  a supuestos manosantas y embaucadores de toda calaña. También cayeron en su red personas portadoras de apellidos propensos para las bromas, comerciantes de toda clase y también algunas víctimas fueron sugeridas al Dr. por terceros. Muchos de estas conversaciones son de antología, como el calvario que sufrió el propietario de un gimnasio que llegó a pedirle a su interlocutor un lastimero “¡Dame paz!”, luego de una seguidilla de comunicaciones en las que el Dr. se abstuvo de tener escrúpulos.

La noticia de su muerte a los 97 años, el deceso se produjo en el Sanatorio Otamendi a causa de diversos problemas de salud, también le escribe la acta de defunción de esta variante de humor que sólo desarrolló Tangalanga y que no tuvo predecesores y de la que tampoco se vislumbran sucesores y herederos, como si ocurre en otras facetas del humor. La rapidez mental para meter en el dedo en la llaga con sus propios latiguillos y un lenguaje soez, por que no decirlo, le dieron su sello característico.

El estilo de Tareti (otro de sus tantos pseudónimos) parte de este mundo con él y cualquiera que pretenda, más allá de sus cualidades, levantar un teléfono para burlarse del circunstancial ser humano que atendió del otro lado la línea será sometido de inmediato a la comparación de rigor de la que nunca saldrá airoso.

A pesar de que Julio tuvo un sentido del humor sagaz desde la cuna, esto se transformó en su profesión casi sin quererlo cuando comenzó con sus llamados picantes para levantarle la moral a un amigo que padecía una dura enfermedad cuando finalizaban los ’60. Este es directivo de empresas líderes de cosmética, recién años después, ya entrados los ’80, volvió a discar para hacer de las suyas. Los casetes donde se difundían sus primeros llamados en forma pirata se transformaron luego en CD editados formalmente, hasta que la tecnología los transformó en un furor a través de YouTube.

Además de dejar para la posteridad estas grabaciones, el Dr. Tangalanga fue parte de numerosos ciclos radiales y televisivos y también fue un habitué de presentarse en vivo ante el público, donde saltaba sin red cuando realizaba sus llamadas.

Admirado por varias generaciones y por muchos integrantes de la colonia artística, desde Tato Bores a Luis Alberto Spinetta, dos que no eran muy selectos en esto, partió Tangalanga y ya nadie se animará a pedir una caja de bombones rellenos, “pero con el relleno aparte”.

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