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Por Natalia Arenas

La experiencia en el neuropsiquiátrico abrió hace 30 años un camino de locos que cantan, pintan, actúan, juegan y vuelven a ser personas visibles puertas adentro y también afuera. Llevan como bandera la lucha por la desmanicomialización y la esperanza de reinsertarse en una sociedad que, por ahora, de sana tiene muy poco.

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“El manicomio es un campo de concentración”, define Alberto Sava y no exagera. Basta mirar a esos hombres y mujeres deambular por el hospital “José T. Borda” para darse cuenta. Desalineados, babeados, con la mirada gris que se enfoca en nada y en todo. Un zigzag permanente que sólo transmuta cuando se tiran de cabeza, y sin salvavidas, a ese otro mundo: el arte.

Sava es el fundador del Frente de Artistas del Borda (FAB), una idea que surgió a fines de 1984 con el objetivo de producir arte como herramienta de denuncia para pacientes internados y externados del histórico neuropsiquiátrico, ése que cada tanto vuelve a ser noticia por las paupérrimas condiciones en las que viven sus pacientes o por represiones de la Policía Metropolitana.

El FAB nació como una trinchera ideológica que utiliza al arte como conductor de una lucha que lleva como bandera la desmanicomialización. Que los manicomios dejen de existir es una meta que se puso el Gobierno nacional para 2020, con la nueva Ley de Salud mental. Un logro que el FAB y otras organizaciones similares pueden apropiarse.

“La ley está y la decisión política aparentemente está, no sé si tienen la fuerza para hacerlo”, reflexiona Sava a propósito de la efectiva puesta en marcha de lo que está en palabras. “Creo que va a depender mucho de la lucha que hagamos nosotros desde abajo, las agrupaciones que estamos dentro de la lucha de la salud mental, como el Frente, La Colifata, el Foro de la Salud Mental, el CELS y otras”, considera.

Para Sava, la desmanicomialización es “inevitable”. “Ya la Organización Mundial de la Salud -que no es una organización progresista ni de izquierda, todo lo contrario- dice que los manicomios no deben existir”, plantea.

La revolución del arte

El manicomio rompe con las posibilidades que tiene el ser humano de crear, de pensar, de sentir y de hacer, y nosotros a través del arte intentamos recuperar esas capacidades”, expresa Sava, y concluye que “el arte no sólo cumple una función terapéutica sino que lo recupera (al paciente) como ser humano”. Alguien podría preguntarse si no será

mucho. La respuesta es no, nunca lo es, cuando de manicomios se trata. “El manicomio es un campo de concentración de personas, donde se violentan todos los derechos humanos, entre ellos las capacidades que tenemos como seres humanos”, destaca. Los mismos pacientes dicen “nosotros somos un ladrillo más del hospital, somos un objeto”. “El arte intenta que vuelvan a sentir que son sujetos, que son personas”, agrega.

30 años del Frente

En noviembre de este año, el FAB cumplirá tres décadas. Treinta años militando por la salud mental, pero la verdadera salud mental, la que no conoce de maltratos, de abandono, de encierro, de discriminación.

“Yo creo que los logros son muchos”, reconoce Sava y enumera tan sólo algunos: “Desde el Frente empezamos con dos talleres, hoy son 13; hemos logrado que participen centenares de compañeros, de personas internadas y externadas en los talleres, que otros hospitales pudieran hacer algo parecido a lo que hacemos; pudimos hacer un festival latinoamericano, único en el mundo, de artistas internados en hospitales psiquiátricos, que ahora le llamamos “Festival de arte, una puerta a la libertad, no al manicomio”, que ya llevamos 12 ediciones”.

El FAB también logró armar una red argentina de arte y salud mental, donde se están uniendo todos los grupos artísticos que trabajan en los hospitales psiquiátricos del Estado.

“Hemos ayudado a que se haga una ley nacional de Salud Mental y falta el paso más trascendente, que es que los manicomios no existan más y que el Estado garantice un sistema en atención de salud mental, como dice la ley, en hospitales generales, con atención ambulatoria, garantizando la vivienda, el trabajo, la educación”, destaca.

En el FAB funcionan en la actualidad los talleres artísticos de Teatro, Marionetas, Música, Mimo, Teatro Participativo, Expresión Corporal, Danza, Plástica, Letras, Periodismo y Fotografía. A ellos se le agrega uno de Desmanicomialización.

La transformación que desde el FAB logran en los pacientes o “compañeros”, como ellos los llaman, ya no tiene (afortunadamente) vuelta atrás. “Las personas que viven en manicomios están internadas por la ciencia, detenidas por la justicia y desaparecidos socialmente”, define Sava, y agrega que “en el momento en que son desaparecidos socialmente, dejan de existir”. El arte lo que intenta es que vuelvan a existir, que vuelvan a ser visibles, “que esas voces acalladas se vuelvan a escuchar”.

El arte genera un espacio de encuentro, además, para que “a través de producciones artísticas generen un proceso creador, que lleve a una

producción que debe mostrarse fuera de los manicomios”. Al poder exteriorizar sus creaciones, se producen, cuenta Sava, tres efectos: uno personal, porque vuelven a sentirse sujetos; uno institucional, porque “el manicomio intenta que todo lo que pasa adentro no se vea afuera, entonces el momento en el que el arte sale, los artistas pueden denunciar lo que pasa a través de sus producciones artísticas, se abren grietas en la institución y entra en contradicción el manicomio”, y un tercer efecto, social, ya que “en la medida que circula la producción artística, circulan estas voces acalladas, estas personas visibles que el arte visibiliza”.

El arte en todos lados

Sava es artista pero también psicólogo social y antes de meterse de lleno en este proyecto trabajó, siempre, en lugares periféricos. “Tengo una posición política con respecto al arte. El arte no tiene que ser de elite, sino que tiene que ser una herramienta de transformación social, tiene que estar en las calles, en las escuelas, en las fábricas, en las villas, en las ciudades”, expresa.

“Para mí, el de la locura era un campo desconocido, y creo que insertarme en él me hizo más sensible, más humano”, reflexiona. “Creo que me hizo mejor persona”, finaliza.

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