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La exposición es un recorrido visual de la residencia del autor de “Cuentos de la selva”  cerca de las ruinas jesuíticas, que se convirtió en su laboratorio literario y fotográfico.

Una muestra de fotografías que pertenecieron al fondo del escritor Horacio Quiroga, pero que no se sabe a ciencia cierta si son de su autoría, están en exhibición en la Biblioteca Nacional hasta  febrero, donde el público podrá recorrer el registro visual de su residencia en la selva misionera, la misma que ambientó en el libro “Cuentos de la selva”.

Horacio Quiroga, nacido en Uruguay en 1878 y fallecido en 1937 en Buenos Aires después de beber un vaso de cianuro, llegó a la selva misionera como fotógrafo, acompañando al poeta Leopoldo Lugones en un relevamiento de las ruinas jesuíticas de la zona.

Fascinado por el paisaje, poco después el escritor se estableció en un lugar cerca de San Ignacio, Misiones, que se convirtió en su laboratorio literario y fotográfico. .

Allí vivió entre 1909 y 1916 con su primera esposa, Ana María Cirés, y entre 1932 y 1936 con María Elena Bravo, su segunda compañera.

Las fotografías que integran el archivo de esa locación ingresaron a la Biblioteca Nacional sin firma de autor pero se presume que son imágenes realizadas por el escritor así como también por su primera esposa.

La exposición las exhibe en una muestra que lleva por título “Horacio Quiroga. Del banquete a la selva. Fotos de una vida” y que se puede visitar hasta el 11 de febrero en la Biblioteca Nacional, de lunes a domingo de 11 a 19, con entrada gratuita en Agüero 2502.

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Nacido en la ciudad uruguaya de Salto como Horacio Silvestre Quiroga Forteza en 1878,  fue un destacado cuentista, dramaturgo y poeta y el maestro del cuento latinoamericano, de prosa vívida, naturalista y modernista.

Sus relatos, que a menudo retratan a la naturaleza bajo rasgos temibles y horrorosos, y como enemiga del ser humano, le valieron ser comparado con el estadounidense Edgar Allan Poe.

La vida de Quiroga, marcada por la tragedia, los accidentes y los suicidios, culminó por decisión propia, cuando bebió un vaso de cianuro en el Hospital de Clínicas de la ciudad de Buenos Aires a los 58 años de edad, después de enterarse de que padecía cáncer de próstata.

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