El pintor holandés fue ignorado en su tiempo y obtuvo el reconocimiento en forma póstuma, mientras que hoy las reproducciones de sus obras cuelgan en todas las paredes.

El mito de Vincent Van Gogh en torno a su figura y a su vida se sigue alimentando como el caso paradigmático del artista atormentado, depresivo, incomprendido y hasta despreciado en su tiempo, pero reconocido como un genio en forma póstuma y convertirse también en una influencia para las siguientes generaciones.
Por este motivo, de las 900 pinturas que el artista holandés realizó en apenas diez años en los que se dedicó al arte, solo una de ellas se vendió mientras estuvo vivo. El resto de su frondosa producción pasó a manos de nuevos dueños después de su suicidio, ocurrido el 29 de julio de 1890, cuando tenía 37 años, hace exactamente 125 años.
Fue su hermano Theo, y Johanna, la esposa de este último, fueron quienes se encargaron de dar a conocer la obra de Van Gogh. Si bien Theo murió apenas seis meses después que su hermano, fue Johanna la mayor responsable de difundir las creaciones de su cuñado.
De todos modos, antes de su muerte, los críticos de arte ya habían comenzado a prestar atención a sus trabajos, que no encajaban con ninguna otra tendencia de la época.
De hecho el reconocimiento de su obra se produjo muy poco después de su muerte. La fuerza de su uso del color y el simbolismo de sus composiciones comenzó a inspirar a otros pintores contemporáneos.
La vigencia de su obra es tal, que a 125 años de su muerte, la cara de Vincent Van Gogh ilustra desde indumentaria a tazas de té y todo tipo de objetos, convirtiéndolo en un ícono pop. Mientras que en las paredes de numerosas casas cuelgan reproducciones de sus «Girasoles» y sus obras sirven de inspiración en las pasarelas de alta costura y en varias aplicaciones de smartphones.
Este artista, que fue hijo de un pastor protestante de la provincia de Brabante, en el sur de Holanda, luchó contra su destino, recorriendo su propio país, Reino Unido, Bélgica y Francia.
Trabajó en el comercio de arte, como maestro, vendedor de libros y predicador hasta que, finalmente, a los 27 años, decidió que se dedicaría a la pintura. Su vida acabó sólo diez años después en Auvers-sur-Oise, cerca de París.
Van Gogh trabajaba con disciplina y reflexionaba mucho, aunque también comenzó a sufrir cada vez más ataques depresivos y delirios.
Pero en vida Van Gogh vivió dependiendo económicamente de su hermano, sufriendo problemas de salud y de un complejo estado mental, como conoció de primera mano el pintor francés Charles Gauguin, quien durante un tiempo vivió junto al holandés.
A lo largo de los años, múltiples médicos y científicos trataron de determinar qué condición sufría Van Gogh. Entre las varias teorías existentes se considera que padecía trastorno bipolar, esquizofrenia, epilepsia del lóbulo temporal, empeorada por el consumo de absenta, un potente licor de hierbas que a su vez le podría haber producido un envenenamiento por la toxina llamada Thujone, e incluso envenenamiento por el plomo contenido por las pinturas que utilizaba.
Sin embargo, una de las teorías más fuertes indican que Van Gogh sufría del Síndrome de Asperger, una enfermad dentro del espectro autista que a su vez le provocó una alteración sensorial determinante para su arte y de estudio médico muy reciente: la sinestesia. Por ejemplo, solía hablar del color de las notas musicales.
Su estado mental lo llevó a pasar sus últimos meses de vida en un sanatorio en la localidad francesa de Saint-Remy. Allí, por ejemplo, pintó “Noche estrellada”, una de sus obras más famosas.
Van Gogh pintó a lo largo de toda su vida artística los lugares en los que vivía, la gente con la que compartía algunos momentos y también a sí mismo, en una colección de autoretratos que lo pintan en diferentes momentos de su existencia, que van desde la mirada sombría que acompañan su pipa y la venda que cubre su oreja herida en una pintura de 1889, hasta los tonos luminosos de azul y amarillo de su “Autorretrato con sombrero de paja”, pintado en 1887.



