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Por Mauricio Amaya

Una mirada sobre este disco grabado a fines de los ’70 con el que el Flaco comenzó a coquetear con el jazz, el género que retomaría en la etapa de Jade.

Spinetta siempre estuvo más cerca del sol, de la luz. El Flaco fue un poeta y músico cuya virtud más valiosa fue la coherencia y la autenticidad de su obra: no se repitió nunca ni doblegó su música hacia lo que él consideraba vulgar, vacío y en definitiva, todo aquello que sea jugar para “El enemigo”.

Tras la etapa beatle y experimental de Almendra, y luego, la embestida rockera de Pescado Rabioso, llegaría Invisible, donde las composiciones se volvieron complejas y jazzeras. Ese círculo jazzero (que retomará mucho después, hacia los últimos discos de su carrera) se completaría con el álbum “A 18’ del sol” (1977).

La intención del título era expresar la distancia (en velocidad luz) que hay entre la tierra y el sol: 18 minutos, según le dijo a Luis un amigo matemático. Pero en la instancia final de la grabación, El Flaco se enteró que en realidad hay sólo 8’ y 18’’ de distancia. De todas formas decidió conservar el título original. “Lo cierto es que la fascinación pudo más que la ciencia, en este caso”, dijo en “Spinetta, crónica e iluminaciones”, el libro escrito entre el músico y el periodista Eduardo Berti.

El disco remite, en líneas generales, a la claridad y pureza de un nacimiento, y a la belleza de lo natural. Sobre una base jazzera, Luis construye melodías sofisticadas, suaves y hermosas.

En ese momento, vivía a pleno el nacimiento de Dante, su primer hijo, y a la vez, se sumergía en el mundo del jazz. “Me olvidé de los ritmos cuadrados o del beat bien acentuado y entré en otra historia”. Las letras hablan de la frescura de una flor (“Viento del Azur”, dedicado a Dante), pero también de la magia y el misterio de las culturas primitivas de América (“Viejas mascarillas”). A mitad del disco, hay una perla, un tema esclarecedor que Spinetta atesoraba desde la época de Almendra, “Canción para los días de la vida”: “Tengo que aprender a volar, entre tanta gente de pié”, se recomendaba en el tema.

“Telgopor” y “A 18’…” son dos piezas instrumentales de alta intensidad. “Toda la vida tiene música hoy” es otra expresión eufórica de alegría por el nacimiento; “¿Dónde está el topacio?”, un tema super jazzero, de algo que se pierde, sin perderse del todo. “Y si no te vuelvo a ver sabrás que mi mirada te seguirá por siempre”, dice la letra.

El cierre del disco es lisérgico casi, con “La eternidad imaginaria”, rompiendo la estructura de todo el disco. Bien a lo Spinetta.

Con este álbum, Luis Alberto comenzó, sin dudas, su viaje astral.

Para volverlo a escuchar, el disco completo:

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