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Por Edgardo Solano

Luego de “Del 63”, su primer opus, el músico rosarino salió al ruedo con un álbum que superaba a su predecesor y que estaba plagado de futuros clásicos, con una fusión de rock con aires folklóricos y tangueros.

Fito Páez comenzó a mostrar sus credenciales en la banda de Juan Carlos Baglietto, quien fuera una de las caras visibles de la denominada Nueva Trova Rosarina, una movida artística que también acopiaba a Adrián Abonizio, Jorge Fandermole, Rubén Goldín , Silvina Garré y otros tantos exponentes, que hasta entonces no eran tan populares para el público de Buenos Aires.

En tiempos post Guerra de Malvinas y con el rock argentino en alta rotación de las radios, ese adolescente desgarbado y de gruesos anteojos aportó deliciosas canciones para el repertorio de Baglietto, como “La vida en una moneda”, “Tiempos difíciles” y “Actuar para vivir”, entre otras, que daban cuenta de un promisorio compositor. Además, era el tecladista y uno de los arregladores de la banda.

Rápidamente saltó a las ligas mayores cuando se sumó a la banda de Charly García, uno de sus héroes musicales, y de inmediato lanzó “Del 63”, su primer opus. Ese primer álbum solista ya daba buena señales de los que se venía a partir de “Tres agujas” y “Canción sobre canción”.

La consagración no tardó en llegar y con “Giros”, su segundo disco editado en 1985, terminó de consolidar lo que venía insinuando desde hacía un par de años. Este disco, de apenas 30 minutos de duración, bucea entre el rock, ritmos folklóricos y hasta algún con aire tanguero y suena como una obra homogénea, a pesar de esta variedad de estilos.

El tema que titula el disco, “11 y 6”, “Cable a tierra” y “Yo vengo a ofrecer mi corazón” se transformaron en clásicos en un abrir y cerrar de ojos, en un álbum que sonaba considerablemente mejor que su predecesor y también contaba con arreglos más logrados y una mayor riqueza compositiva.

Denostado por cierto sector del crítica, que lo consideraban un mero “Salieri” de Charly García, el rosarino ya mostraba su estilo personal como compositor y como intérprete de sus propias creaciones, mientas que seguía creciendo como músico e instrumentista.

En este disco lo secundo su coterráneo , Fabián Gallardo en guitarra, Fabiana Cantilo en coros, Paul Dourge en bajo, el Tuerto Wirtz en batería y Twetty González en teclados, que también fue uno de los productores de la placa.

“Giros” fue presentado en un Luna Park colmado, toda una proeza para un rosarino recién llegado a Buenos Aires. El disco fue uno de los preferidos de los seguidores del músico y recién fue desbancando de ese ligar por “El amor después del amor”, una megraproducción con un tendal de invitados estrella.

La carrera de Fito siguió con “La, la, la”, a dúo con Luis Alberto Spinetta (otro de los ídolos de Páez) y con “Ciudad de pobres corazones”, que lo mostró despojado de candor juvenil con un disco que destilaba furia y lo alejaba del cliché del chico bueno del rock argentino. Ese álbum estuvo marcado por el asesinado de la abuela y la tía del músico.

Con algunos picos elevados y otros no tanto, la carrera de Fito nunca se detuvo, mientras que “Giros” es un disco que nunca quedará perdido dentro de su frondosa discografía y es el trabajo que terminó de consolidarlo como solista, ya sin ser el músico que secundó a Baglietto y García.

Tema por tema

Giros: el tema homónimo al álbum tiene una impronta y una influencia tanguera y hasta un solo de un bandoneón logrado a través de un sintetizador, como una postal del sonido del los ’80.

Taquicardia: uno de los rock del disco y uno de los temas de pulso más alto de esta producción, que le levantó el clima a álbum de canciones de medio tiempo.

Alguna vez voy a ser libre: una de las gemas de este disco que caprichosamente no se instaló como un clásico y que tampoco fue muy frecuente en el repertorio en vivo del rosarino. Uno de los escasos lados B del álbum.

11 y 6: una canción urbana sobre dos candorosos chicos que vendían flores en los bares del centro porteño con el aporte de Pedro Aznar en guitarra y arreglos. Años después, el tema tuvo su continuación con “El chico de la tapa”, aunque sin final feliz.

Yo vengo a ofrecer mi corazón: una hermoso tema con aires folklóricos que sonó muchísimo y que fue utilizado para musicalizar un sinfín de informes televisivos. Lo grabaron luego un tendal artistas, como Mercedes Sosa, por ejemplo.

Narciso y Quasimodo: el otro rock & roll de “Giros”. La belleza y el hedonismo de un lado, y la fealdad ante la mirada ajena, del otro, conjugadas en una misma historia de extremos.

Cable a tierra: quizá el mejor tema del disco con el sutil arreglo del Mono Fontana. La leyenda urbana decía que la canción fue dedicada a Charly García, pero Fabiana Cantilo aseguró que ella era la inspiradora de la canción.

Decisiones apresuradas: en el ’85 aún resonaban los ecos del conflicto bélico de Malvinas y esta canción hasta tiene una imitación de un alcoholizado Fortunato Galtieri, ex presidente de facto de la Argentina.

DLG: Fito se permitió hacer (¿y por qué no?) una baguala con batería electrónica con una bella letra profética cantada con voz quebrada para cerrar el disco que se termina en apenas media hora.

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