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Por Edgardo Solano

Una mirada personal y generacional sobre lo pasaba en aquellos años y también de lo que nos fuimos enterando tiempo después.

A muchos jóvenes de ayer, como mi caso y el de mi “quinta”, el Mundial ’78 se nos presentó en una etapa de nuestras vidas en la que entendíamos poco y nada de fútbol y mucho menos de lo que pasaba en la Argentina de aquellos días.

De todos modos, no éramos los únicos totales analfabetos en materia futbolística y sobre lo que acontecía en la realidad nacional, porque muchos de los que nos superaban generacionalmente hablando también estaban en ascuas en ambos ítems, principalmente en el último de los mencionados.

El Mundial ’78 arrancaba hace 40 años, el 1 de junio de aquel año, con una ceremonia de apertura en el estadio de River Plate, con un tendal de chicos de escuelas secundarias enfundados en equipos de gimnasia construyendo palabras con sus propios cuerpos y con unas bandas musicales de cada país participante tocando el himno oficial de la competencia.

Esa ceremonia inaugural fue transmitida en vivo por televisión, haciéndonos creer que era un enorme despliegue. De todos modos, si se abría un poco los ojos, quedaba al descubierto que no era gran cosa y mucho menos ante un televisor en blanco y negro.

La Selección Argentina debutó en la jornada siguiente a la inauguración oficial con un trabajoso triunfo por 2-1 frente a los húngaros, por el Grupo 1. Los magiares se fueron de la Argentina sin sumar un punto, mientras que los dirigidos por César Luis Menotti fueron segundos en su Grupo, debiendo dejar el Monumental para seguir la competencia en el Gigante de Arroyito, para retornar a Núnez para la final frente a Holanda.

Los grandes eventos deportivos ya venían funcionando como cortinas de humo desde hacía medio siglo, como la Italia de Benito Mussolini que organizó el Mundial de 1934, y la cita futbolera argentina apuntaba en esa dirección, con un objetivo casi de manual.

Ante este cuadro de situación, el Mundial fue un tema de Estado. Por este motivo, involucró el condicionamiento de las opiniones periodística sobre este evento y una desmesurada propaganda, que generó que el logo del Gauchito con la camiseta de la Selección Argentina se vea a sol y a sombra.

Además de esa telúrica mascota, el merchandising, que no se lo llamaba así por ese entonces, de la cita futbolera también atacaba por todos los flancos, con el disco del himno oficial, álbumes de figuritas, gorros, banderas y vinchas.

Ese furor también llegó al sistema educativo, que no podía quedar afuera de la bajada de línea general. Al menos los que cursábamos el Primer Grado de la Primaria en la Escuela N° 31 “Tambor de Tacuarí” se nos daba como tarea dibujar los equipos y pintarlos con sus respectivas camisetas en los partidos de la Selección Argentina.

La final con Holanda se cargó de cierta épica nacionalista y hasta se criticó duramente a los derrotados por no ir a recibir la medalla de subcampeones, cuando ya tenían claras instrucciones de ni ir a recibir ninguna premiación.

Quizá para los de nuestra “quinta” los festejos por el logro de la Copa del Mundo fue lo que quedó más grabado en nuestra memoria, con los hinchas en masa en las calles y con las repercusiones que se hicieron durar.

Durante esos años en los que crecimos con Videla, terrorismo de estado mediante, también padecimos la política económica de José Alfredo Martínez de Hoz, gran responsable de un desmesurado endeudamiento y de la destrucción de la industria, entre otros desmanejos como los millones de dólares que se esfumaron en la organización mundialista.

Después crecimos y fuimos entendiendo algo más de fútbol, para poder hablar con más propiedad de las atajadas del Pato Fillol y los goles del Matador Kempes. Ese estirón que fuimos pegando también fue poniendo las cosas en su lugar y supimos realmente, o al menos en una versión aproximada, de lo que pasó en esos años, pero esto nos fue llegando después de que Argentina juegue otro Mundial, en paralelo con la Guerra de Malvinas.

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