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El 27 de agosto de 1994 partía, quizás, uno de los últimos baluartes de la vieja guardia del tango. El arrastre de las palabras, su fraseo y su modo interpretativo fueron su marca registrada.

Polaco

El 27 de agosto de 1994 fallecía a los 68 años Roberto Goyeneche, el Polaco, quizás el último baluarte de la vieja guardia del tango y que se transformó en un ícono en sus últimos años de vida hasta por fuera de los límites de la música ciudadana. Vueltas del destino, ese mismo día también falleció Beba Bidart, otra referente del 2 X 4.

El arrastre de las palabras, el silencio oportuno y la declamación intimista hicieron de la voz del Polaco una figura central de la historia del tango por encima de cualquier objeción técnica que podría mencionar un purista al cuestionar la ausencia de formación académica de este cantor.

Su fraseo característico, que fue su marca registrada, y su emotivo estilo interpretativo lograron que Goyeneche haga propio cada tango de su repertorio, más allá de la orquesta que lo acompañó en las distintas etapa de carrera. “Hasta 1950 era un cantor de orquesta. Cambié mi forma de interpretar cuando me hice solista. Empecé a hacer lo que quería y no lo que marcaba el director”, aseguró en una oportunidad.

El fraseo típico del Polaco se lo conoce técnicamente como el rubato, un recurso que se basa en no hacer en que el tempo de la letra que se canta coincida con el tempo del acompañamiento musical. De esta forma, la frase siempre estaba ya sea por delante o por detrás del compás, lo que es una singularidad raramente usada en el tango, tan solo expositores como Carlos Gardel, a quien se le considera como precursor del estilo, así como Ángel Vargas practicaban este estilo interpretativo.

Su primer éxito llegó cuando él, con solo dieciocho años, ganó un concurso para voces nuevas, organizado por el Club Federal Argentino en 1944. Ese mismo año inició su carrera como cantor en la orquesta de Raúl Kaplún.

En su repertorio convivieron armónicamente piezas clásicas de la era dorada del tango, como “Afiches”, “Garúa”, y “La última curda”, y las composiciones de vanguardia como “Balada para un loco” y “Chiquilín de Bachín”, de Ástor Piazzolla y Horacio Ferrer, que se convirtió en un furor de ventas. Fue cantor de las orquestas de Horacio Salgán y de Aníbal Troilo (con quien forjó una gran amistad) y luego, entre otros, y luego grabaría con la orquesta de Armando Pontier y con Ernesto Baffa y Osvaldo Berlingieri. Sus últimas grabaciones, en el final de sus días, fueron para el sello Melopea, de Litto Nebbia.

Nacido en Entre Ríos y de origen humilde, perdió precozmente a su padre, y esta circunstancia lo llevó a salir a trabajar a los 12 años en diferentes oficios, como oficinista y mecánico, primero, y chofer de colectivos y camiones, después. Porteño de ley y amante de la bohemia de Buenos Aires, el Polaco está identificado con el barrio de Saavedra y con Platense, el club de sus amores.

En los últimos años de su vida, ya con la salud algo quebradiza y sin la voz de otros tiempos, le llegó tardíamente el reconocimiento de quienes no eran precisamente tangueros. Por este motivo, hasta se acercaron devotamente a su figura los músicos de la generación del Rock argentino y los jóvenes que no tenían a la música ciudadana como primera opción, quienes veían en el Polaco como a uno de ellos, al margen de las diferencias generacionales.

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