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Por Edgardo Solano

Una mirada sobre este fenómeno de masas que gira alrededor del ex integrante de Los Redondos y de sus convocatorias masivas.

El fenómeno de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota se magnificó, aún más, después de la diáspora de la banda y el Indio Solari casi monopolizó ese furor de masas, dejándole las sobras a Skay, uno de los guitarristas más finos que supo tener el rock argentino.

Si los primeros discos de Los Redondos son piezas de colección y no tienen desperdicio alguno, en sus últimos álbumes el grupo se fue desdibujando creativamente, pero su popularidad continuaba en alza. Es probable que nadie ponga por encima a “Último bondi a Finisterre” de “Oktubre”, por ejemplo.

También es probable que nadie se haya hecho fan del Indio por sus discos en solitario y su arrastre masivo se debe al repertorio heredado de la banda platense, al punto que los temas de Los Redondos son más aclamados en los shows en vivo que las canciones del cantante de factura reciente.

Este furor, inédito en los anales del rock argentino, sirvió también para batir una y otras vez los récords de concurrencia, llegando a cifras insospechadas. Incluso, hay versiones que indican que en el último show del Indio en Olavarría, tragedia mediante, había más de 300 mil personas.   

En una discutible sacralización, los recitales del Indio pasaron a tomar en nombre de “misas”, cuando el rock no fue muy amigo de la religión, al punto que los Vox Dei debieron pedir permiso a la curia para titular “La Biblia” a uno de sus discos.

En estos recitales el público recorre grandes distancias para llegar a la ciudad elegida, patea largos tramos para ingresar y salir del show y decide aclimatarse a incomodidades impropias de un espectador medio. Para ver a otro artista, quizá, exija mejores condiciones, pero para el Indio, no.

El propio Indio, esclavo de sus palabras, afirmó que en sus recitales no existe el “sold out”, por lo que siempre habrá entradas disponibles más allá de que puedan superar, o no, la capacidad de espacio correspondiente. Una transgresión punible para cualquier espectáculo.

El afán de convocar a una cantidad enorme de espectadores de un saque evita tener que distribuir a ese público en varias funciones y también genera un ahorro económico de organización y logística, en desmedro del cuidado de los propios fans.

De todos modos, en los shows del Indio hay otro juego que va más allá de lo musical. El propio artista se encarga de arengar y retroalimentar el clásico del público del “pogo más grande del mundo” cuando suena “Ji ji  ji”, un clásico imperecedero de Los Redondos.

De esta forma el rock argentino caer en su peor pecado que es futbolizarse, pero tomando el lado oscuro del valioso aporte que este hermoso deporte hizo a la cultura argentina, que son los tipos hinchas de su hinchada.

El hincha que está más cerca de la nefasta cultura del aguante que del caño que pueda tirar el enganche de su equipo, se termina pareciendo al fan que está más pendiente del “pogo más grande del mundo” (uno de los chauvinismos argentinos) que del solo del violero. Esa pérdida del rol pasivo para querer ser protagonista puede ser muy peligrosa y sobran ejemplos a respecto.

El Indio, en estos días, está recibiendo palos por doquier y también le llegan los embates de viejos rencores y de trapitos sacados al sol. También algunos intentan sesudamente analizar este fenómeno social, que no es nada sencillo de descifrar.

De todos modos, el Indio entiende el juego. Él mismo decide autorecluirse en su mansión y evitar el contacto con el afuera, justificándose que no puede circular como cualquier mortal por el asedio de los fans. Esto sabe a estrategia, porque si fuera a comprar el diario todos los días al kiosco de su barrio, tarde o temprano, dejaría de asombrar en demasía su presencia.

En un cross a la mandíbula a los fans que cuentan las monedas para ir a verlo en sus esporádicos shows, el Indio dijo en varias oportunidades que se siente más a gusto en Nueva York que en nuestras Pampas, porque allí es un ser anónimo. Claro está que su convocatoria multitudinaria está acá y no en Estados Unidos.

Sólo se asoma de vez en cuando para tomar contacto con la prensa, como con Mario Pergolini (uno de sus voceros). También en contadas notas con los medios gráficos, como con la revista Rolling Stones, como en una entrevista reciente que terminó en una polémica mediática.

A través de estos contactos, se supo de su enfermedad y también dio algunas señales a través de la Fan Page Virumancia, que se sospecha que es administrada por su mujer.

Este fenómeno futbolizado, que va más allá del Indio y de Los Redondos, y parece que se les fue de manos al propio protagonista, que quizás tampoco se encargó de ponerle un freno y al que supo sacarle todo el jugo. 

 

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