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Por Natalia Arenas

El dramaturgo, actor y director César Brie volvió a su país de procedencia y, antes de presentarse en cualquier otro circuito porteño, decidió plantarse en el Banfield Teatro Ensamble.

Sólo los giles mueren de amor prensa

 

Solito, en camiseta y calzoncillos, el artista irrumpe en ese escenario lúgubre que simula un velorio, y lo avasalla. Es César Brie, quien con su acento argento-boliviano-italiano va prendiendo una a una las velas que rodean la escena y conmueve, con sólo mirarlo.

El dramaturgo, actor y director César Brie volvió a su país de procedencia y, antes de presentarse en cualquier otro circuito porteño, decidió plantarse en el Banfield Teatro Ensamble, donde, hasta el domingo 24 de agosto, los que gusten de las creaciones de este monstruo teatral podrán disfrutar del “Festival Brie”.
“Sólo los giles mueren de amor” es uno de los cuatro unipersonales que presentó en la sala teatral lomense, donde derrocha su talento, su fluidez actoral y su versatilidad. Para relatar la vida de un artista idealista y enamorado de un amor (acaso imposible por su propia torpeza) que nunca le correspondió, Brie pasa de la melancolía al éxtasis, de la monotonía a la lujuria en un tempo casi perfecto.

La postura, los gestos e incluso la voz cambian radicalmente de un momento a otro, y el espectador pasa de la risa al nudo en la garganta. Es que las andanzas de El Flaco (el protagonista) recorren en esta obra la niñez, la adolescencia y la adultez, con ese tono tragicómico que Brie le imparta. Así, las primeras experiencias sexuales con su almohada, la negación al burdel, el chupacirismo de la madre, el idealismo, el exilio y el amor (siempre el amor) son interpretados con una maestría que cualquier alumno de teatro no debería ignorar.

Ver a Brie en el escenario es una clase de teatro. Bien podría ser esa que cierre lo absorbido en cientos de días en los que el alumno aprende a comprometerse, a poner el cuerpo, a quebrarse, a levantarse, a ser otro. Porque qué importa si la historia de El Flaco es o se asemeja a la de César Brie, lo que realmente importa es que ahí, en ese escenario, Brie es, de verdad, El Flaco. Y le creemos cuando llora, cuando se mata de risa o cuando se muere de vergüenza. Le creemos cuando baila, cuando se lamenta en su propio velatorio.

La fatalidad de la muerte (que, para colmo, en este caso es trágica y hasta un poco tonta) se mezcla con la libertad de los días vivos y la posterior meseta gris que luego derivará en la primera.

Se acerca el final y Brie ya no está en calzoncillos, está en traje y hasta tiene zapatos cuidadosamente lustrados. Se fue poniendo las prendas, una por anécdota, en escena.

Ese final lo vemos venir y no queremos que se haga manifiesto. Queremos más. Queremos que El Flaco no se haya muerto, porque caminamos con él de la mano de Brie. Lo conocimos, lo cuestionamos y hasta le tuvimos un poco de pena. Pero se termina y el muerto sigue muerto y nosotros, los espectadores, bien vivos, sedientos de más Brie, quien resurge de la oscuridad (ahora ya como César) y nos regala una reverencia. Y nos agradece y, antes de desaparecer del escenario, nos hace el gesto de la tijerita, para que la cortemos con tanto aplauso. Y se va. Y fin.

*A César Brie se lo puede ver en “120 kilos de jazz”, el unipersonal que cerrará el festival en el Banfield Teatro Ensamble el jueves 21 y sábado 23 de agosto, a las 21, y el domingo 24 desde las 18.

 

 

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