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Por Mauricio Amaya

Los códigos televisivos son replicados en sus prácticas teatrales. Lo esencial y lo popular se ponen en cortocircuito bajo este fenómeno que plantea una nueva manera de consumo artístico, en tiempos del reino de lo audiovisual.

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En la arena cultural, la televisión es, indudablemente, un peso pesado. Tal es su popularidad y llegada a las audiencias masivas- está en casi todos los hogares y es uno de los principales agentes de socialización- que cualquier práctica cultural, como por ejemplo la teatral, puede ser transferida a sus códigos. Pero, ¿qué ocurre cuando los propios códigos televisivos son replicados en las prácticas teatrales? La Varieté es un fenómeno que da cuenta de eso, y este avance mutante es implacable.

“Este espacio cultural surgió como una Varieté, por la necesidad de tejer lazos solidarios, una hermandad con otros artistas, y como una producción colectiva de arte”, expresa Melania Buero, sobre el nacimiento de Cultura del Sur, en Temperley. “En la Varieté se reconstruyen las condiciones materiales que se encuentran en la realidad”, recalca. Es que el teatro se adapta -pero también resiste- a los tiempos de la consagración de lo audiovisual. Y en efecto, la Varieté se reproduce en cada espacio cultural y teatral.

El perfil del mutante

Algunos rasgos que caracterizan la Varieté, sus diferencias con el Teatro Tradicional y sus similitudes con la televisión:

Espectacularidad: La Varieté se presenta como una propuesta popular, de consumo ligero y acceso masivo, a diferencia de lo dispuesto por el Teatro Tradicional. Se arma como un mezcladito de artistas: por ejemplo, clowns, músicos, malabaristas, acróbatas y narradores que participan del evento. Así se privilegia y apuesta al entretenimiento y su efectividad frente al romanticismo tortuoso que exige comprometer la sensibilidad del espectador durante más de dos, tres o cuatro horas ante un Rey Lear de Shakespeare o un Calígula de Camus, que cede ante la gracia que generan los tropiezos de un clown o la admiración por las destrezas de una acróbata.

Compresión del tiempo y el espacio: Cada artista tiene su bloque (de no más de media hora, mas o menos), con cortes entre cada segmento que permiten al público ingerir algo en el bufett del lugar. El público va y viene, toma, come, charla y se puede retirar cuando quiere. Es similar a mirar televisión, al formato de zapping, donde uno va eligiendo entre canal y canal. Se presentan números no aburran al espectador y que, ante esa posibilidad, solo resten pocos minutos para que el nuevo número salga a escena.

Lenguaje popular: Ya no hay una autoridad para hablar de teatro. Hay un nuevo código y una nueva forma de hablar: la Varieté se plantea en forma de “sketch” televisivo, con algunos elementos de improvisación o también del denominado “café concert”; y para los artistas y los espectadores el objetivo parece ser el mismo: divertir y divertirse. No hay que conocer al director o a los actores, o de qué va la obra. A la Varieté simplemente se va, como una manera de pasar un buen rato.

Sí se vende mucho, vale poco

“Es la muerte del teatro”; “Es la mejor forma de hacer plata”. Por lo bajo o no, estas son algunas de las referencias de algunos directores teatrales sobre la Varieté. Ven en la masificación de este mutante la pérdida de calidad artística, la pérdida de una esencia, de algo propio e inmanente al teatro, que ha sido saqueado por el salvajismo del mercado, que falta el respeto a su historia.

“Sin desmerecer lo que hacen otros, consideramos que una obra de teatro no se puede preparar en 15 días o una semana. Nuestra idea es hacer teatro desde la manifestación. No queremos hacer un teatro para convocar sin decir. No nos interesa lo masivo”, sostiene Alicia López Heredia, del Teatro de Las Memorias, en Lomas.

Es que la Varieté, como producto histórico, pone en puja concepciones sobre el teatro que hablan de procesos más profundos: una modernidad donde los lazos son menos sólidos, menos fijos, y donde el espacio y el tiempo se han comprimido. Hay una desarticulación de las tradiciones y una consiguiente primacía de la inmediatez. Pero entonces también es válida la idea de la Varieté como espacio de resistencia y hasta como herramienta democratizadora de la cultura. De hecho este es un rasgo histórico de la Varieté, en tiempos de dictaduras o monarquías.

El valor de la experiencia

Los esencialistas ven un propósito más bien definido, un “deber ser” en el teatro, cuando en realidad todo arte y estética parten de procesos de lo social en lo individual y lo individual en lo social. No hay en el teatro una identidad única e inmanente. Por eso, no podemos negar que la Varieté es un fenómeno muy propio de estos tiempos, fuertemente atravesado por un patrón cultural de consumo televisivo, pero tampoco podemos afirmar que eso anula toda experiencia verdaderamente teatral. Así, este mutante se erige también como un espacio de articulación de experiencias y, en efecto, no solo un lugar para expresar ideas sino también para vivirlas. Ni la Varieté ni el Teatro Tradicional están aislados uno del otro. Y queriéndolo o no, uno ya está dentro.

 

 

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